Derechos de autor

Ayer llegó a mí una página de Facebook en la que se han publicado varios de mis poemas firmados con otro nombre. Utilizo esta entrada del blog como información, tanto al autor de esa página, como a cualquier persona interesada en compartir mis poemas en la red o en otros medios. Todos los poemas aquí publicados están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual, por lo que, por cualquier plagio, se pueden llevar a cabo acciones legales. Una cosa es compartir un enlace (con lo que estoy encantada) y otra muy distinta es copiar, pegar y firmar con otro nombre. Pido amigablemente a esa persona, por lo que parece, lectora habitual del blog, que retire mis poemas de su página o, en su defecto, los publique con mi nombre o el nombre del blog y un enlace a éste.

Muchas gracias,

María Luisa

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Sobre las editoriales, con cariño

Hoy rompo los versos para hablar de un tema algo escabroso pero que me afecta, como supongo que os afecta a muchos de vosotros. Por todos es sabido ya que la situación para los jóvenes en España (y muchos otros países) no está para dar palmas. Pero no vengo a hablar del repetido tema del trabajo y de sus inestabilidades, ni de contratos basura o sueldos que no rozan el mínimo. Vengo a hablar de editoriales y de cómo aquellos que amamos la literatura y que quisiéramos entregar la nuestra al mundo no paramos de darnos con puertas en las narices, llegando, así, a un estado desgana.

Siempre quise publicar un libro. Desde que era muy pequeña tenía claro que algún día contaría con un libro propio que poder firmar y entregar a familiares y amigos (dejo a un lado, también, el tema de los e-books y la imposibilidad de personalizarlos; siempre fui de personalizar los libros -recuerdo cómo una profesora me regañaba por hacerlo, pero es algo innato-).

El hecho de no obtener respuestas siempre fastidia; esperar un correo o una llamada y que nunca lleguen es algo que al ser humano, independientemente de su dureza o debilidad, le afecta. Me parece, igualmente, una falta de educación -soy consciente del gran número de propuestas, correos, preguntas que reciben a diario, pero mandar una respuesta, aunque sea automática, cuesta más bien poco. Tras ese correo, deberían pensar, están depositados los sueños y trabajos de una persona -wait- ¿Hemos llegado a depender de algo intangible y cuasi fantasma como es un correo electrónico o una voz que, a través de un teléfono, desaparece y es imposible recuperarla? Aún así, no creo que sea la única que piensa en este tema, más conociendo el gran número de personas que escribe, tanto poesía (a la que “nadie” quiere), como prosa.

Desde aquí intento buscar soluciones para que se nos facilite a los jóvenes y a cualquier autor el publicar nuestras obras para poder tener una mínima oportunidad en el mercado -mercado que, sí, está en decaimiento, pero mercado que está ahí al fin y al cabo-.