La petite (grande) mort

La habitación viste el neón de cualquier calle de las afueras de una ciudad industrial. Descubre, extasiada, que ya no laten los cuerpos desnudos que, sobre la cama, prometieron darse amor eterno –y que, por eterno, se consideró la noche. En el suelo unas llaves, ropa descompensada y el ticket de 2×1, amarillo, ahora con enjambres dibujados, de un bar céntrico. Esta vez podría haber sido útil la última copa. Rama de un árbol en extinción que no quedará más allá de las alfombras de un piso compartido, ahora vacío de almas.

Con las vacaciones de frente, las pulsaciones a cero y la nevera vacía de domingo, difícilmente saldrán de allí como entraron, y en poco tiempo.

Suenan los móviles, de mañana, para confirmar el desvío de caminos en la noche y a la salida del pub, donde quedaron los demás, sin arranque de pasión… Sin alma concupiscible.

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